27.9.10

Los ricos son más ricos, los pobres son más pobres

Mientras el desempleo y el subempleo afectan a más de 26 millones de norteamericanos, 130.000 familias se quedan con más del 11 por ciento del ingreso nacional. En su blog Crónicas desde Nueva York Harry Blackmouth analiza el tema.

Entre 1947 y 1975, Estados Unidos vivió la era de "La Gran Prosperidad". Pero esa gran bonanza hizo prosperar, esencialmente, a los más ricos. En su último libro, Aftershock, el economista Robert Reich, quien fue secretario de Trabajo durante el gobierno del demócrata Bill Clinton, señaló la ascendente curva de prosperidad del uno por ciento más rico de la población a partir de la década del setenta, cuando entre el ocho y el nueve por ciento del ingreso nacional iba a parar a ese sector.

Para el 2007, poco antes de la Gran Catástrofe económica que sigue profundizándose, los ricos más ricos del país, alrededor de 1,3 millones de familias en una nación de más de 300 millones de habitantes, se estaban quedando con un 23 por ciento del ingreso nacional.

Y de ese uno por ciento, una décima parte, apenas 130.000 familias, se alzaron con más del 11 por ciento de los ingresos totales del país.

El florecimiento de la economía de Estados Unidos no depende del uno por ciento de las personas más ricas de un país, sino del poder de compra de su inmensa mayoría. Pero la inmensa mayoría ha visto declinar su capacidad adquisitiva en el mismo período en que los ricos se hicieron más ricos.

Reich dijo que "los salarios del norteamericano medio aumentaron escasamente en las tres décadas previas al Crash de 2008, si se toma en cuenta la inflación". Y en lo que va de este siglo, los salarios "en realidad cayeron".

Un trabajador recibía en el 2007 un salario promedio inferior al de un trabajador de 1977, en términos reales. Esto es: los hijos perciben en la actualidad jornales inferiores a los obtenidos por sus padres.

La Oficina del Censo de Estados Unidos informó el pasado 16 de septiembre que en el 2009, otros cuatro millones de norteamericanos atravesaron el umbral de la pobreza. El total llega en la actualidad a 44 millones, uno de cada siete residentes. Fue el nivel más alto de pobreza de los últimos 15 años. Y millones de estadounidenses más están sobreviviendo gracias a que el gobierno federal amplió el número de semanas del seguro de desempleo, o a que muchos de los nuevos pobres se han mudado a las viviendas de sus familiares.

EL SALARIO DEL MIEDO

Según las últimas estadísticas del departamento de Trabajo, la tasa de desempleo en Estados Unidos es del 9,6 por ciento (14,9 millones de personas). Los negros y los hispanos han sido más afectados que los blancos (16,3 por ciento de negros, 12 por ciento de hispanos, y 8,7 por ciento de blancos), y la nueva fuerza laboral ha sido literalmente aplastada (un 26,3 por ciento de los jóvenes trabajadores están desempleados).

Hay también 8,9 millones de subempleados, personas que trabajan medio tiempo porque sus empleadores les redujeron el horario laboral, o porque no han podido encontrar una faena a tiempo completo.

El departamento de Trabajo menciona otras 2,4 millones de personas "marginally attached", vinculadas de manera marginal a la fuerza laboral. En esas perversas estadísticas oficiales, esos 2,4 millones de personas no figuran como desempleadas porque no habían buscado un trabajo en las cuatro semanas previas a la última encuesta de agosto.

Pero se hallan desempleadas. Como indica el departamento de Trabajo, se trata de personas que no integran la fuerza laboral, que desean trabajar, y que estuvieron buscando una ocupación en los previos 12 meses. Y de esos 2,4 millones de personas "1,1 millones son empleados desalentados", que no buscan trabajo "porque no creen que haya vacantes disponibles".

El drama de los parados se agrava cada día por la brecha entre quienes pierden su trabajo, y la creación de nuevos empleos.

Un 42 por ciento de los desempleados han estado sin trabajo por un lapso superior a las 27 semanas.

LA PEOR EDAD

Filtrándose entre las esclusas del desempleo y la pobreza están aquellos que han sido despedidos de sus trabajos en la cincuentena. El despido a esa edad no tiene nada que ver con las cualidades de un empleado, sino con el peligro que representa para una empresa el pago de una pensión "costosa". Funciona en todas las épocas, porque forma parte del sistema. Pero se agudiza en épocas de recesión.

En 1978, el excepcional narrador Stanley Ellin (autor del clásico La especialidad de la casa, donde el propietario de un restaurante sirve como principal manjar a algunos de los más fieles comensales) escribió un cuento, Reasons Unknown. En ese cuento Ellin detalla las tribulaciones de un ejecutivo, Larry Morrison, que descubre, a través de un ex compañero de tareas, Bill Slade, el destino que le aguarda. También Slade era un importante ejecutivo, hasta que la empresa anunció una "reorganización". La reorganización dejó a Slade en la calle, y éste, tras meses sin conseguir trabajo, concluyó manejando un taxi.

En el interín, Slade perdió su propiedad, su esposa le pidió el divorcio, y Slade se hundió en una paulatina bancarrota. Pero lo que preocupó más a Morrison, todavía un ejecutivo en la flor de la edad, fue oír la palabra "reorganización". Según le explicó Slade, esa palabra era la voz de orden para librarse de empleados que estaban ingresando en la madurez, y cuya utilidad era inferior al costo del pago de sus pensiones.

Cuando un ejecutivo le informa a Morrison que su departamento planifica una reorganización que involucra pagarle una bonificación y dejarlo en la calle , la solución buscada por el empleado, aunque infrecuente, es tan norteamericana como la torta de manzana.

Morrison se aparece un día en su oficina armado con un rifle, y mata a varios de los empleados antes de ser acribillado a balazos. El informe final de la policía dice que Morrison mató a sus colegas "for reasons unknown", por razones desconocidas.

The New York Times dijo que de los 14,9 millones de desempleados, más de 2,2 millones son personas de más de 55 años de edad. El departamento de Trabajo indicó que casi la mitad había estado sin trabajo al menos por seis meses.

Y la tasa de desempleo en ese grupo es del 7,3 por ciento, un récord, más del doble de lo que era al comienzo de la recesión (The New York Times, 19 de septiembre de 2010).

Entre tanto, el gobierno de Barack Obama dedica sus mejores energías a la caridad, no a la creación de nuevos empleos. Obama anunció un plan de estímulo por 50.000 millones de dólares para la reconstrucción de la infraestructura vial y ferroviaria, que necesita aún la aprobación del Congreso, y no será implementado al menos hasta el año que viene, cuando el Congreso estará seguramente en manos de los republicanos quienes seguramente vetarán el plan.

El plan de estímulo de Obama, hasta ahora, incluyó ampliar el seguro de desempleo, extender el programa de cupones de alimentos, y reducir los impuestos. Esto es, ofrecer pescados, no enseñar a pescar. Y sus planes futuros, inclusive la asignación de 50.000 millones de dólares para reconstruir la infraestructura, son una gota en el océano. Basta recordar el plan de salvataje a la aseguradora American International Group por 178.000 millones de dólares, para advertir la brecha que hay entre la ayuda a los pobres y la ayuda a los ricos.

Pero es que los pobres no ayudan mucho en las campañas electorales. En cambio corporaciones como AIG son generosas con los políticos que son generosos con ellas. No olvidemos que tras recibir la ayuda, varios ejecutivos de AIG consiguieron bonificaciones que sumaron varios miles de millones de dólares. Seguramente parte de ese dinero terminará en las arcas de campaña de políticos deseosos de seguir complaciendo al 0,1 por ciento de la población.

TALCUAL

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